11 de setembre de 2001

8 cumbres en 9 días

Esta es una historia que he explicado montones de veces, pero que no me canso de relatar; así que la explicaré de nuevo para quien no la haya escuchado aún...

En el año 2001, tras haber pasado un par de años iniciándome en la montaña tras mi primera visita con un grupo de amigos al Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido en verano de 1999, tuve ocasión de pasar varios meses recorriendo los caminos de Montserrat. Allí fue donde aprendí, de forma autodidacta, un montón de trucos de cómo caminar por la montaña. En junio di el salto a Pirineos subiendo el Puigmal, en julio el Pedraforca y en agosto la Pica d'Estats (esta última tras pasar varios días de travesía mochilera por los Picos de Europa).
Una vez cumplido el hat trick catalán (desconozco el porqué, pero parece ser que en Catalunya hay una serie de montañeros que no te consideran como tal si no has ascendido a los tres colosos que he mencionado), me dispuse a convertir parte de mis vacaciones de septiembre de ese año 2001 en una aventura en solitario recorriendo las montañas que hay en la geografía peninsular. Además de una aventura montañera, se convirtió en un viaje interior muy recomendable. Quizás sea esa la razón por la que me gusta la montaña, que me hace conectar con mi yo interior...pero no me voy a poner filosófico, sólo relataré mis aventuras.

El día 1 de septiembre partí del apartamento que tenemos en la playa de Torredembarra (Tarragona) y conduje casi mil kilómetros hasta alcanzar la mole de Sierra Nevada.

Aparqué el coche en las inmediaciones del merendero de los autobuses que ascienden por la carretera del Pico Veleta y me paseé un ratillo por la zona hasta llegar a visitar a la Virgen de las Nieves.

Tras disfrutar de uno de los más bellos atardeceres que recuerdo. Me dispuse a dormir en el coche esperando que se hiciera de día para comenzar a caminar.

El día termina en Sierra Nevada.

Me echo a dormir en el interior del coche, pero se me hace bastante complicado. Sobre las 4:30 a.m. del día 2 de septiembre, nervioso y excitado por la actividad que iba a realizar, empecé a caminar a través de la noche granadina. Mi única luz, un frontal en mi cabeza. A medida que iba ascendiendo por los aledaños de las pistas de sky iba viendo el terrible y siniestro aspecto que muestran esas moles de hierro y hormigón a la luz de las estrellas.

Al fondo del valle unas pocas luces indicaban la posición de los pueblos en la ladera de la montaña. A medida que voy ascendiendo observo que según la orientación del camino el viento es más intenso y echo cuentas de que no he cogido más que un forro polar. ¡El cortavientos está en casa, en Barcelona!.

Sobre las 7:30 a.m. alcancé por fin la cumbre del Veleta. El cielo empezaba a clarear y pude ver por fin mi objetivo: el Mulhacén.

Si algo recuerdo de esos momentos no es otra cosa que el intenso frío que pasé agazapado en una pequeña construcción de hormigón a una veintena de pasos del vértice geodésico que marca la cumbre.

El frío más intenso que he sentido en mi vida fue allí. Esperé unos minutos hasta que la cámara de fotos consiguió captar la suficiente luz como para fotografiarme en la cumbre de mi segundo pico de más de 3000 metros.

Las cabras, curiosas, se acercaban a mirar al más madrugador de la montaña.

Descendí hasta el refugio de la Carihuela donde desayuné sobre las 8 a.m. mientras algunos montañeros salían de dentro donde habían pasado la noche.

La pista que a esta altura surca Sierra Nevada permite observar grandes picos de más de 3000 metros y lagos cristalinos a los pies de los mismos.

Pasan las horas a medida que me acerco al Mulhacén.

Por fin alcanzo el refugio de la Caldera, justo bajo la última pala del Mulhacén.

Una hora más tarde alcancé por fin la cumbre peninsular coronado por una curiosa edificación.

Llamé a mis padres y me hice la foto de rigor en el techo peninsular.

El regreso lo recuerdo como algo cansado, caluroso, sofocante, épico... nada que ver con la noche anterior. Alcancé el coche sobre las 16 h. Mi cansancio era absoluto y una molesta ampolla en el pie hizo de la llegada un auténtico calvario. No pude más que conducir hasta el primer pueblo, echar las mochilas sobre el sofá de un pequeño hostal y dormir hasta la hora de cenar. Tres platos de cena, postre y de nuevo a dormir. Estaba feliz.

El día 3 de septiembre abandoné tierra andaluzas dirección norte. Al mediodía me metí de lleno en el bullicio de las circunvalaciones de Madrid. Mi dirección: norte. Paré en cierto centro comercial deportivo a equiparme algo mejor tras mi olvido de material. En uno de los peajes de la autopista, la GC me quiso registrar el maletero, pero nada más abrirlo, el agente desistió viendo la cantidad de trastos, mochilas, botas, bastones, piolet, crampones y demás que llevaba... Los kilómetros pasaban bajo mis ruedas y sobre las 17 h llegué a la Plataforma de Gredos, cerca de Ávila. Había recogido en la entrada del camino a un montañero que se había perdido y quería alcanzar dicha plataforma para poder coger su coche e ir a recoger a un amigo suyo que se había torcido un tobillo. Allí le dejé.

Empecé a caminar, pero esta vez me puse las botas viejas; no las nuevas con las que el día anterior había estado 12 horas andando. Mis fuerzas eran pocas, pero el recorrido de ese día era corto. Apenas un par de horas me separaban de mi objetivo: el refugio de Laguna Grande.

Inicio el camino con ganas pero una pájara me obliga a detenerme.

Un trago de agua tras zamparme un bote entero de leche condensada es lo peor que se me puede ocurrir. La leche acaba en el suelo y yo con un mareo que me dura un buen rato. Finalmente puedo reanudar la marcha.

Más cabras que me miran...

Alcanzo la parte alta del cordal y veo a lo lejos el Almanzor bañado por la Laguna Grande.

Está oscureciendo en Gredos y yo todavía no he llegado al refugio.

Tardé más de tres horas y media en llegar por culpa de unos dolorosísimos pinchazos en mi rodilla izquierda. Cuando llegué, me ofrecieron una suculenta cena con verduras, carne y hasta un trozo de tarta. Estuve hablando durante la cena con una pareja de Teruel, Tomás y Mari, con quienes decidimos ascender al día siguiente juntos el Pico del Moro Almanzor. Dormí solo en la habitación del refugio. Al menos 20 camas para mí solo.
El día 4 de septiembre nos despertamos temprano. Me aconsejaron colocarme una cinta en la rodilla para evitar el rebote de los huesos y evitar el dolor (no entiendo realmente porqué, pero funciona y a día de hoy sigo echando mano de ese truco de la abuela para evitar incómodas situaciones de dolor en la montaña).
Salimos del refugio los tres juntos. No había nadie más en la montaña, ya que era un día entre semana. Entre grandes bloques de granito fuimos avanzando hasta alcanzar la Portilla del Crampón, una interesante canal que en invierno tiene que ser un paraíso para los más osados.

En la otra vertiente de la montaña la ruta descendía un poco entre moles graníticas a modo de centinelas petrificados.

Una chimenea donde hicimos un poco de contorsionismo para poder alcanzar definitivamente la minúscula cumbre del Almanzor.

Un vértice, una cruz, un buzón y apenas medio metro para colocarse.

Tomás y Mari prefirieron quedarse en la pequeña antecima.

Descenso cuidadoso entre rocas.

A la bajada tuvimos un encuentro con un macho de cabra montesa que nos echó de su territorio, más bien nos acompañó hasta que descendimos lo suficientemente lejos de donde él estaba tranquilamente tomando el sol.

Paso rápido por el refugio.

Antes de regresar a la Plataforma de Gredos, última foto con el Almanzor.

Conduje por la tarde por tierras castellanas hasta alcanzar, por el puerto de Pajares, la noche cántabra. Tras buscar infructuosamente alojamiento en todos los pueblos entre Potes y Fuente Dé, finalmente me alojé en un hotel bajo el teleférico de los Picos de Europa. Necesitaba urgentemente una ducha, una cena y una cama confortable.
El día 5 de septiembre por la mañana, amaneció nublado. La niebla cubría el valle totalmente, así que decidí hacer un poco de turismo, pero tras un rato de carretera alcancé un mirador desde donde pude ver que el sol brillaba sobre las altas y esbeltas cumbres de Picos. Volví a Fuente Dé y cogí el teleférico.

En la estación superior del teleférico me informó el dueño del puesto de refrescos del itinerario que debía seguir para llegar a Peña Vieja, no sin antes darme varios curiosos consejos sobre cómo varían los tiempos en una excursión según la compañía que lleves: en resumen, era algo así como que ir solo es lo más rápido, ir con grupo alarga el tiempo empleado en el recorrido; pero ir con la pareja es lo que más puede retardarnos ya que hay que ir empleando el tiempo en discutir y reconciliarse cada pocos pasos. Tras echar con él unas risas, empecé a caminar por la soleada pista de tierra.

Buscando el collado de la Canalona.

Últimos metros de la ascensión.

En varias horas alcancé mi objetivo final, Peña Vieja, donde compartí agua y cumbre con un altísimo italiano que me contó que la semana anterior había ascendido el Etna.

Las vistas al Naranjo de Bulnes me impresionaron y el mar de nubes que había debajo cubriendo los valles de niebla, también.

Esta vez, el Naranjo, no se mantuvo oculto.

El italiano en pleno descenso desde la cima.

La bajada la hice corriendo por las pedreras para no perder el último teleférico.

Ya de noche, conduje por las carreteras interiores hasta llegar a San Vicente de la Barquera donde me alojé en un hotel-restaurante donde recuerdo con nostalgia unas almejas a la marinera...

Por la mañana del día 6 de septiembre conduje desde Cantabria, por Euskadi y la Rioja hasta alcanzar la vertiente soriana de la Sierra de Urbión. Esta zona era quizás la que menos había estudiado en casa antes de partir. En aquella época no tenía internet ni nada similar y todo era más auténtico.

Dejé el coche en el aparcamiento que hay a un kilómetro de uno de los parajes más bellos que conozco de la geografía española.

La Laguna Negra, es un pequeño lago de oscuro color que está rodeado por unas impresionantes murallas de roca granítica.

Como pude alcancé la parte superior del circo. Está claro que erré al elegir el camino, pero alcancé por fin la zona alta y las vistas desde allí son de infarto.

Anduve varias horas, por la tarde, por las montañas sorianas. Me sedujo sobremanera un pico curiosísimo lleno de piedras dispuestas a modo de aparcamiento de rocas, no sé cómo explicarlo. Hace poco he descubierto que ese pico, muy cercano al Urbión, alberga montones de nombres bajo las piedras escritos por montañeros y visitantes.

Vistas hacia mi objetivo principal.

Varios y curiosos cachivaches cerca de la cumbre.

Un rato después conseguí alcanzar el Pico Urbión. Estaba solo y fue toda una odisea conseguir hacerme una foto decente en la cima dado el abrupto terreno que hay allí.

Por fin lo consigo.

Vistas desde la cima.

El regreso lo hice por el camino normal, muy sencillo de localizar desde arriba. Se me hizo de noche al llegar al coche y decidí alojarme por la zona. Cené un enorme chuletón de buey de más de 700 gramos y dormí plácidamente hasta la mañana siguiente.

El día 7 de septiembre conduje hasta la base de una de las montañas más esquivas que conozco: el Moncayo. El día era gris, bueno más bien la montaña estaba gris. Se cubría con su eterno sombrero de nubes, pero como el día no era ni mucho menos desapacible decidí subir. De camino al Santuario de la Dehesa de Moncayo a punto estuve de fotografiar un halcón posado en un pino, pero fui lento con la cámara.

Dejé el coche en el aparcamiento y entre claros y nieblas fuí ascendiendo por la olla de San Miguel hasta alcanzar por fin la extensa cumbre del gigante maño.

A punto de llegar arriba.

Un mar de nubes cubría todo a mi alrededor, era como estar en el cielo.

Y, por fin, la cima. SIN VIENTO, dato importante ya que es una de las cimas más ventiladas de España. Foto con la Virgen del Pilar.

Foto en el vértice geodésico.

Panorámica de nubes.

Al empezar a descender, me encontré con gente conocida: ¡Tomás y Mari!, aquellos a quien había dejado en Gredos habían estado el día anterior en el Urbión, pero por otro camino y a otra hora y hoy se habían animado a subir al Moncayo. Vieron mi coche y me dejaron una nota en el cristal avisándome de que estaban por allí. Tras las fotos de rigor en la cumbre con ellos, bajamos y comimos unos spaguettis en el restaurante del santuario.

Mi siguiente objetivo estaba en Pirineos y me aconsejaron ir por Montrepós, desde donde la panorámica pirenaica es excepcional.

Conduje varias horas hasta Sallent de Gállego donde pasé la noche a los pies de la Peña Foratata.

El día 8 de septiembre de madrugada entré en tierras galas. En Col d'Aubisque disfruté y fotografié un amanecer con mar de nubes de aquellos que se recuerdan toda una vida. El espectáculo era impresionante.

Llegué a Gavarnie por la mañana temprano y comencé a caminar bajo las paredes del Taillón.

Dejo atrás el Puerto de Bujaruelo.

Y paso bajo las aguas del glaciar del Taillón.

Tras un par de horas de camino, alcancé el refugio a los pies de la Brecha de Rolando.

Subí hasta la Brecha y pude contemplar Ordesa desde la frontera. Estuve allí varios minutos decidiendo qué hacer. Era temprano todavía y el sol brillaba en el cielo. Un desconocido me aconsejó ir al Casco antes que al Taillón, ya que encontraría mucha menos gente que en la Punta Negra. Así lo hice.

Seguí los pasos y las trepadas de tres abuelos franceses que desayunaron en la cumbre mientras yo me dedicaba a disfrutar en silencio de tan solitaria cumbre.

Vistas hacia mi último objetivo: Monte Perdido. Parece que no hay nieve en la Escupidera.

Tras un buen rato en la cima, regreso por el paso de los sarrios, equipado con una cadena.

Y me acerco a la Brecha de Rolando por la vertiente española.

Las vista hacia tierras galas bien merecen la visita.

Pisando nieve en la zona del glaciar de la Brecha.

Refugio de Sarradets, donde no me detendré ni un minuto a la bajada.

Última imagen con la Brecha de Rolando a mis espaldas.

La majestuosa catarata de Gavarnie se desploma desde el Marboré. Regresé desde Gavarnie, por Col d'Aubisque a Sallent de Gállego donde cené y pasé la noche. Esta vez tuve que cambiar de alojamiento porque no había sitio donde había pasado la noche anterior.

El 9 de septiembre me dirigí hacia Torla. Todo el viaje que estaba disfrutando no era más que la excusa para entrenarme para alcanzar un objetivo: Monte Perdido. En 1999, sin conocer en absoluto ese pico, me quedé maravillado viendo con admiración a quienes descendían las clavijas de Soaso cargados con montones de material. Esta vez iba a ser uno de ellos.

Una pareja de simpáticos abuelos me preguntó a donde iba tan cargado y tan rápido. Charlé con ellos y les expliqué mis aventuras. La verdad es que después de tantos días casi sin hablar con nadie, necesitaba un poco de conversación. Les dejé allí, al pie del camino en los bosques de Ordesa.

Las gradas de Soaso me saludaban al pasar.

Y el Monte Perdido me desafiaba desde las alturas.

En poco más de un par de horas desde la pradera, donde me había dejado el primer bus de la mañana,me planté en Cola de Caballo, y me dirigí con emoción a subir por las clavijas de Soaso.

No me resultó en absoluto difícil.

En la parte alta del Valle de Ordesa las marmotas no paran de chillar al paso de los montañeros.

Cuando llegué al refugio de Góriz, sin reserva, me apunté en una lista. Hasta las 17 horas no comunicarían si alguno de los elgidos para dormir dentro era yo.

Esperé varias horas por las zonas cercanas al refugio, el aburrimiento fue superlativo, y por fin me comunicaron que tenía litera (menos mal que iba solo, porque sinó me hubiera tocado dormir fuera). Antiguo cartel indicador.

Cené copiosamente en el refugio y me fui a dormir. Me tocó un elemento extraño a mi lado que dormía abrazado a una especie de muñeco... Al día siguiente conocí al muñeco y a su dueño ascendiendo al Perdido.

El día 10 de septiembre, sobre las 7:30 a.m. partí del refugio y me uní a un grupo de 5 gallegos (uno de ellos mi vecino de litera) que iban también a subir al Monte Perdido. Tanto era el respeto por las historias de accidentes que había escuchado que no quise ascender en solitario.
El Cilindro de Marboré, presente durante toda la subida.

Alcanzamos el Lago Helado cuando todavía el sol no iluminaba la Escupidera; que en esa época estaba totalmente libre de nieve.

Los carteles ya advierten de que la cosa va en serio.

La nieve se mantiene alejada de las zonas comprometidas, así que podremos subir tranquilos.

Ascendimos despacio la acusada pendiente y alcanzamos la antecima sobre las 10:30 a.m. El hielo que cubría los siguientes 20-25 metros hasta la cumbre me hizo echarme atrás. Había dejado los crampones en el coche ya que me habían dicho abajo que no eran necesarios para llegar arriba.

Ellos se calzaron los crampones y me encordaron entre dos de ellos para que pudiera alcanzar también la cumbre. Gracias a los dos Fernandos aquel día alcancé mi objetivo. Hubo quien subió a pelo, pero jugándose un costalazo. En la cumbre tuve que pagar un tributo, ya que me robaron un bastón telescópico delante de mis narices y por mucho que intentamos descubrir quien había sido y recuperarlo, fue imposible. Pero era mayor la emoción por el reto conseguido que el enfado por el bastón robado.

¡¡¡¡Objetivo conseguido!!!!.

Valle de Ordesa visto desde las alturas.

Bajé la Escupidera al galope y llegué a Góriz donde recogí los bártulos en un periquete.

Excepto las clavijas, el resto del camino hasta Torla lo cubrí casi corriendo. Una paradita en la zona turística para la foto.

Ordesa en obras.

El hayedo, normalmente lleno de gente, presentaba este aspecto cuando yo bajé.

Llegué por la tarde a Torla tras comer un bocadillo en el bar de la pradera.

En el aparcamiento de Torla ordené el maletero del coche y pasé la noche en Ainsa, en un camping, donde di por terminado el periplo montañero.

Había sido un viaje impresionante de más de una semana en que pude disfrutar de la naturaleza, de la montaña, de la carretera, de mis pensamientos. Maduré como montañero y como persona.
Al día siguiente regresé a casa para ver el horror de que es capaz el ser humano:
11 de septiembre de 2001.