28 de març de 2005

PATAGONIA: P.N. DE LOS GLACIARES

Son las 16h del día 21 de marzo. Estamos en el aeropuerto de El Prat esperando nuestro vuelo a Madrid, donde haremos escala para viajar a Buenos Aires. El avión sale con retraso y por culpa de un error en la facturación, el equipaje se queda en Madrid-Barajas mientras nosotros partimos hacia tierras argentinas.


El vuelo nocturno, a pesar del stress de sabernos sin equipaje es bueno aunque se nos hace largo. Por la mañana, ya en Buenos Aires, tenemos que correr un poco para coger nuestra última escala hacia El Calafate, capital del Parque Nacional de los Glaciares en la Patagonia argentina.



Llegamos al aeropuerto de El Calafate y allí nos confirman que nuestra maleta se ha quedado en España. Estamos a 13000 km de casa con lo puesto menos un botón. Es nuestra luna de miel y no nos vamos a agobiar por ello, así que decidimos tomárnoslo con calma y tratar de arreglar el desaguisado. Nos hacemos con un mapa de la zona y comenzamos a planificar un poco nuestra estancia en tierras patagónicas.



Lo primero sacar entradas para poder acceder al Parque Nacional y lo segundo irnos de tiendas por El Calafate.


La ciudad nos recibe con los brazos abiertos y ofreciéndonos unos precios altamente competitivos, ya que el peso argentino está sumamente devaluado y nuestras compras son realmente escandalosas. Decidimos no comprar demasiado para no tener que facturar nada al regreso, así que nos hacemos con lo más básico a nivel de higiene personal, varias mudas, un par de pantalones y un forro polar por cabeza. Por suerte hemos viajado con Goretex y botas puestas y no lo hemos perdido.


“Muchos años antes de que los blancos llegaran a romper la paz y el encanto de esta maravillosa tierra de pampas, montañas, glaciares y bosques milenarios, habitaban allí dos pueblos vigorosos y apuestos: los tehuelches y los onas. 
La hija del jefe tehuelche, llamada Calafate, tenía unos grandes y hermosos ojos de un extraño color dorado y era bella como el amanecer. Calafate se enamoró de un apuesto joven ona y, como ambos sabían que este amor no sería aceptado por sus tribus, decidieron huir, para vivir solos y felices en otro lugar, llamado Onaisin. 
Cuando el jefe tehuelche se enteró de estos planes, se enfureció, y habló con una hechicera para que impidiera la fuga. Le pidió que la convirtiera en algo hermoso e inalcanzable, permitiéndole al mismo tiempo que sus bellos ojos siguieran contemplando el lugar que la vio nacer. 
La mujer transformó a la joven en un arbusto al que le puso su nombre, y desde entonces, cada primavera el calafate se cubre de flores de oro, que son los ojos de la niña tehuelche contemplando la tierra bella donde conoció a su amado. Y al interior de las flores, está el corazón de la joven, un fruto dulce que provoca a los que lo comen el encantamiento de Calafate, como ocurrió con su amante ona, quien, después de buscar por todos los rincones de la región, murió de pena. “


El hotel, un lujo en mitad del pueblo nos ofrece muchas comodidades que estamos dispuestos a aprovechar.


La entrada del hotel una vez hemos hecho nuestras compras.


Nosotros equipados con la ropa de estreno.


Descansando en los sofás de la recepción del hotel esperando poder instalarnos en nuestra habitación.



Para la tarde-noche tenemos programada una salida turístico-gastronómica a una estancia, la Nibepo-Aike, donde seremos testimonios del estilo de vida de los gauchos y donde nos darán de cenar.


La fría tarde cae en el otoño argentino mientras accedemos a la estancia.


Nos enseñan un galpón donde esquilan a las ovejas al estilo tradicional.


Oveja esquilada en apenas 5 minutos con la única ayuda de unas tijeras: BRUTAL.


Los caballos descansan tras una dura jornada de trabajo. Al fondo, las montañas son testigos mudos de los últimos rayos de sol.



Nos avisan para cenar.


El asado se está cocinando desde hace horas.


¡Qué bueno está!.


Tras la copiosa cena, a dormir, que mañana nos espera un crucero por el Lago Argentino que baña las tierras de El Calafate.


El barco zarpa de El Calafate y navegamos por el Brazo Norte del lago. Allí iremos a visitar el imponente Glaciar Upsala.


Navegamos a toda máquina en busca del hielo patagónico.


Cerro Avellaneda, Cerro Negro... todas las montañas de la zona superan los 1000 metros de altitud con creces.


A medida que nos acercamos al glaciar, numerosos icebergs salen a nuestro encuentro. Hay que ir con cuidado de no acercarse demasiado si no queremos entrar en zona peligrosa.


Poco a poco las imponentes masas de hielo se van sucediendo a nuestro alrededor.


El Glaciar Upsala desde el frente. La prudencia aconseja no acercarse demasiado ya que desde aquí ya se escuchan los enormes bloques helados desprenderse de la lengua glaciar y caer al lago.


Un rato de navegación en dirección contraria nos acerca a la Bahía Onelli donde nos detendremos un buen rato para poder pasear.


Nos adentramos en tierra firme y nos acercamos a la zona del Glaciar Onelli.


La Barba de Viejo, una especie de líquen que sólo crece en zonas libres de cualquier contaminación.


Glaciar Onelli al fondo de la laguna.


Gandalf el Frío.


Un cóndor nos sobrevuela. Ya hemos visto al primero de los dos animales emblemáticos del lugar.


De regreso al barco, una última parada para ver el glaciar que más me impresiona del día y al que más nos podemos acercar: el Glaciar Spegazzini.


Nosotros con el Spegazzini de fondo.


Nos despedimos de la jornada de navegación mientras nos acercan a El Calafate donde pasaremos el resto de la tarde.


Visitamos el centro de interpretación del Parque Nacional intentando saber más acerca de los secretos de la Patagonia Argentina.


Centro de información del Parque Nacional en El Calafate.


Un helado de calafate y otro de chocolate.


¡Qué lejos estamos de casa!... 12891 km en línea recta.


Seguimos paseando por la ciudad encontrando rincones curiosos a cada paso.


Especial interés al mercado de la ciudad, lleno de artesanía y buenas ofertas.


Un caballo fácil de domar.


Nos retiramos al hotel para cenar y descansar, ya que mañana nos espera una agotadora jornada de autobús desde El Calafate hasta El Chaltén, capital nacional del trekking, a la que llegamos por la tarde.


Un fuerte viento nos recibe en el pueblo de El Chaltén. Salimos a pasear un poco para desentumecer las piernas esperando tener un poco de suerte con la meteorología, pero nos confirman que habrá bastante viento durante las dos siguientes jornadas. A ver qué podemos hacer.


Unas fotos con la cantidad de carteles que tiene un pequeñísimo pueblo de montaña.


Estamos en mitad de la nada con un viento que parece arrastrar las aguas del río Fitz Roy.


Otro cartel, esta vez de río.


Foto de rigor con el cartel del Parque Nacional de los Glaciares y una réplica del Cerro Torre, que todavía no hemos visto.


Un paseo por el pueblo nos corrobora que es un lugar con poca actividad que no se relacione con el trekking, pero siempre hay tiempo para echar una mano a los lugareños con sus trabajos.


Enésimo cartel en El Chaltén.


Un último cartel con información acerca del segundo animal más emblemático de la zona, el Huemul.


El Huemul es un mamífero en peligro de extinción perteneciente a la familia Cervidae que habita en la Cordillera de los Andes entre Chile y Argentina. Tiene un cuerpo rechoncho y robusto, y de patas cortas. Alcanza un tamaño de hasta 165 cm de longitud, siendo las hembras un poco más pequeñas que los machos. Su pelaje es grueso, denso y de color beige o café oscuro, según la época del año. Sus orejas y su cola, miden entre 10 y 20 cm de largo. Los machos poseen un par de astas bifurcadas que pueden alcanzar hasta 30 cm de longitud. Su peso ronda entre los 40 y 100 kg. Es un animal hervíboro que se alimenta principalmente de arbustos, hierbas y brotes de árboles, como también líquenes, que encuentra entre las rocas en los altos picos.


En la recepción del hotel: unos crampones de pisapapeles.


En la puerta del hotel nos espera... otro cartel.


La tarde la pasamos en la habitación, ya que el viento arreció bastante y no era plan de acabar volando en la cima del Cerro Torre.


El frío de las primeras etapas del otoño se hace sentir. Menos mal que la calefacción calentaba... al menos a 50 cm del radiador.


Tuvimos tiempo de estudiar con calma el mapa de la zona que teníamos y de planificar alguna salida cortita para mañana.


El día amanece despejado y los primeros rayos del día inciden directamente sobre las paredes del Cerro Fitz Roy, un clásico para muchos escaladores.


Decidimos acercarnos a verlo más de cerca, no sin antes comprar víveres para el paseo.


Salimos del pueblo por la calle principal, casi la única, con una sensación de que no se termina nunca que todavía me dura.


El viento sigue soplando pero nos abrigamos y no nos dejamos intimidar.


Lo que todavía nos queda para salir del pueblo.


Un clásico aparcado.


Por fin abandonamos El Chaltén y nos adentramos en la montaña.


Seguiremos el sendero al Fitz Roy hasta donde la meteorología nos permita.


El Chaltén desde las afueras.


El marcado sendero que nos acerca a la Laguna Capri, desde donde pretendemos tener unas vistas magníficas sobre el Fitz Roy.


Impresionante estampa de las nubes sobre el valle.


Poco a poco vamos ganando metros hacia la Laguna Capri.


Un árbol nos permite una parada de descanso.


Las nubes empiezan a tapar el Fitz Roy... ¡Ay, ay, aaaayyy...!.


Parece que tampoco es tan alto, ¿no?.


Cada vez más cerca de la Laguna Capri. Nos convencemos de que quizás no pasemos de allí. El cartel nos indica qué ruta es mejor para caminar y qué ruta es mejor para ir a caballo.


Definitivamente, se tapó el Fitz Roy y con él el resto de montes cercanos.


Alcanzamos la Laguna Capri, un lugar de extraordinaria belleza.


Visto que no nos han vetado las vistas, decidimos regresar por el marcado sendero hacia El Chaltén.


Tan cerca de Bonanza como estamos casi podemos ir a visitar La Ponderosa.


Un vistazo al hotel en la venteada tarde argentina. No había nadie en la calle, así que terminamos de pasar un rato en un cibercafé tomando algo.


Un heladito para pasar la tarde.


El Cerro Torre, el único que se escondió durante nuestra visita. Nos queda un motivo para regresar a El Chaltén. A pesar de las malas condiciones de viento, hemos podido tener una idea de las posibilidades del lugar.


Al día siguiente, el autobús de regreso a El Calafate se detiene en la zona de La Leona.


De El Chaltén a El Calafate pasando por La Leona.


Llegamos por la tarde a El Calafate y de allí nos dirigimos de nuevo a una estancia a cenar, no sin antes disfrutar de un magnífico atardecer sobre el Lago Argentino.


Estamos solos en el restaurante, la cocina está abierta para nosotros dos solos.


Asado argentino.


Y de postre manzana asada rellena de dulce de leche.


Detalle gastronómico.


La última excursión la reservamos para el glaciar más famoso de toda Argentina: el Perito Moreno.


Una impresionante lengua de hielo se desprende del Hielo Patagónico Sur y viene a morir en la Provincia de Santa Cruz.


En coche nos desplazamos los más de 70 km que separan El Calafate del Glaciar Perito Moreno. Allí nos montamos de nuevo en un barco que nos acercará a la base del Cerro Moreno donde podremos ver el glaciar e incluso pisarlo.


Una corta ruta de nuevo en barco.


Nos ponemos frente al glaciar, que impresiona a pesar de lo lejos que todavía está.


Con ganas de empezar a pisar el hielo.


Nos dejan en tierra e iniciamos un pequeño paseo hasta la morrena del glaciar.


Impresionados a cada paso que damos.


Mucha gente en las cercanías del hielo.


Al borde del glaciar.


Vamos a meternos bajo el hielo milenario.


El azul del hielo en las entrañas del glaciar.


Nosotros en el estómago del Perito Moreno.


Saliendo de la gruta de hielo.


Crampones para todos.


Imprescindible calzarse crampones para caminar sobre el hielo. Lo curioso es que te los pongan.


Los trabajadores del glaciar se encargan de equipar a todos para la travesía.


¡¡ EQUIPADOS!!


Iniciamos el minitrekking por encima del glaciar siguiendo un marcado sendero sobre el hielo.


Nosotros sobre el glaciar.


Hilera de turistas en el glaciar.


Hielo dondequiera que mires.


Carmina sobre el Perito Moreno.


Una grieta al final del sendero.


Bajo el hielo.


La morrena del glaciar se afea a medida que nos acercamos a la tierra.


Montañas de hielo.


Poco a poco vamos acercándonos al lago.


Desayuno con licor...¿¿??.


Efectivamente, un trago de licor con cubitos del glaciar.


Tras el paseo por el hielo, nos desplazamos de nuevo al barco, no sin antes detenernos a cada paso para inmortalizar el momento y el lugar.


De concurso.


Un último vistazo a esta zona del glaciar.


El barco nos acerca al frente del glaciar mientras nos lleva a la otra orilla del lago.


Estamos en la zona de las pasarelas, desde donde se puede disfrutar del ambiente glaciar desde el mismísimo frente glaciar.


El Glaciar Perito Moreno en todo su esplendor.


Nosotros con el glaciar y el Cerro Moreno al fondo.


Zona de fractura del glaciar.


Impresionante monumento de hielo.


Tras la última foto al glaciar, un taxi nos lleva rápido al aeropuerto de El Calafate, de donde parte nuestro vuelo a Buenos Aires donde pasaremos la noche sin tiempo de pasear por sus calles. Otra de las cosas que se quedó en el tintero, pero que nos invitan a regresar.


Pasamos la noche en Buenos Aires y por la mañana volamos hacia España de regreso.


Cansados de volar ya casi en casa.


Barcelona desde el aire.


En definitiva, un viaje que vale su peso en oro.

Por cierto, ¿Y la maleta?¿Que pasó con ella hace más de una semana?... La pobre se pasó toda nuestra luna de miel viajando entre Madrid y Barcelona buscando quien la recogiese. La recuperamos una semana después en Barcelona tras rellenar los 1234 formularios necesarios para ello.

1 comentari:

Rocio ha dit...

Siempre es un placer viajar y conocer diferentes sitios. Si bien conozco muchas ciudades del país nunca he podido obtener Vuelos a Calafate, y como me dijeron que es una ciudad fascinante, espero poder ir el próximo verano