11 de gener de 2006

Atardecer en Sant Jeroni

Es miércoles por la tarde. No espero encontrar a nadie en la montaña. Me dirijo por carretera hasta la pared norte de la montaña mágica de Montserrat. Vengo buscando luces para fotografiar y la montaña me recibe con este abanico de luz.


Me dirijo hacia la parte baja de la Canal de Sant Jeroni, por la que pretendo ascender al techo montserratino para más tarde descender por la misma canal.



El flamante Mortadelo me acompaña en nuestra primera ruta juntos. Je, je, je.


Dejo el coche en el aparcamiento situado junto a la ermita de Santa Cecília a mitad de camino ente el monasterio y la zona de Can Maçana.


La parte baja de la canal es compartida por varios senderos, pero pronto encontraré unos pasos equipados con cuerdas junto a una fuente. Trepo por la cadena, espero que al descender el tramo no esté mojado.


Sigo trepando más o menos hasta mitad de canal.


Al más puro estilo Dolomitas, dos tablones ayudan a progresar por la caótica canal.


Alcanzo la zona más alta de la canal por sendero. A mi espalda ya se adivina la cumbre de Sant Jeroni. Me encamino hacia allí antes de que caiga el sol.


Últimos escalones antes de la cima.


Rosa de vientos.


Zona de Ecos y Agulles desde la cumbre de Sant Jeroni.


Pirineos.


Sant Benet y camino al Monasterio.


Ocaso.


Foto de cima cuando el sol abandona su posición en el cielo.


Las últimas luces del día caen sobre la montaña. Debo apresurarme si no quiero bajar mucho tramo a oscuras por la canal.


Finalmente el frontal se convierte en mi fiel aliado.


Me sucede una anécdota muy bonita que quiero compartir: Estoy a mitad de la canal bajando, y siento como me invade una paz interior muy grande. Esos momentos de misticismo que se consiguen en la soledad del monte. Siento que mi abuelo, fallecido cuando yo contaba unos 5 ó 6 años de edad, está allí conmigo. No sé explicarlo, pero me sentí feliz y con ganas de llorar de alegría. Quería contarle cómo me iba en la vida, qué proyectos tenía y que me hubiese gustado tenerle allí conmigo más tiempo del que compartimos. Llego al coche y me siento en el suelo mirando al monte. No tengo prisa por marchar. Siento que cuando me monte en el coche la conexión con él desaparecerá y perderé nuestro momento. Alargo la situación un rato y me despido, no sin antes mandar un beso al cielo infinito donde él está. Desde ese día, no puedo evitar pensar en él cada vez que subo a Montserrat.