30 de juliol de 2006

Via ferrata en Morera de Montsant

Son las 6 de la mañana, es domingo. Los borrachos empiezan a recogerse mientras los más madrugadores pasean al perro con el pan recién horneado debajo del brazo. Todavía las luces del alba son tenues. El coche corre por el asfalto de las carreteras interiores, un asfalto que a estas horas de la mañana se mantiene a una temperatura que no abrasa.
A las 8:30 h echamos vistas a la Serra Major, en la cordillera del Montsant. Estamos en Morera de Montsant, provincia de Tarragona.


Cogemos la mochila con el material de ferratas y empezamos a caminar por el GR171.
El camino discurre entre bosques, el sol aprieta ya lo suyo a las 9 de la mañana.
Pronto el camino se bifurca y un estrecho sendero nos introduce en un caos de piedras donde se necesitan las manos e incluso la ayuda de cuerdas para progresar.


En una hora desde el aparcamiento nos plantamos bajo el primer peldaño de la ferrata. Nuestra primera ferrata en solitario. Un poco de agua, unos cacahuetes y tras equiparnos adecuadamente, empezamos a subir.
El primer largo es de unos 12 metros, y nos lleva a un pequeño rellano.
Una vez en el rellano, una cuerda permite el destrepe hacia la segunda parte de la vía.


Tras superar un pequeño desplome y un puente tibetano de escasos 2 metros de largo, nos enfrentamos al tramo más expuesto de toda la vía, un largo que nos situa en la cumbre de una afilada aguja desde la cual parte un puente tibetano de unos 10 ó 12 metros de longitud.


El puente apenas se mueve y permite una cómoda progresión a lo funambulista.
Una vez superado el puente, una serie de grapas estratégicamente colocadas entre los árboles nos acerca al último tramo de la vía.
En este último tramo, unas cadenas ayudan a la progresión a la vez que la dificultad de las paredes va suavizando su grado de verticalidad.


En la cumbre un beso y de camino al coche nos espera un sendero bastante incómodo y perdedor que no nos gustaría volver a visitar en caso de niebla.

23 de juliol de 2006

Astazou 3071

Es de noche, el cansancio me invade mientras las luces cegadoras de los otros coches impactan en mi retina dañando mis ojos. Ya queda poco. Hace tres horas que hemos salido de casa. Es pasada la medianoche cuando detengo el coche en el aparcamiento del valle de Pineta. Nos esperan. Mañana toca madrugar así que pronto recogemos los trastos y nos echamos a dormir dentro del coche.
Son las 6 de la mañana del sábado cuando el despertador indica la hora de despertar. En poco rato las altas cumbres de más de tres mil metros se tiñen de un anaranjado color pastel. Es hora de emprender la marcha.


Los primeros pasos a través del bosque invaden nuestros sentidos de mil y una sensaciones: cataratas, helechos, piedras, abejas, árboles, malta, acebo, mariposas de mil colores y el ensordecedor canto de los pajaros...


El calor aprieta de mala mañana y la subida que hay frente a nosotros la tomaremos con calma disfrutando del espectáculo.



La suerte nos acompaña en nuestro camino al toparnos con plantas nunca sencillas de localizar, entre ellas lirios, edelweiss e incluso un martagón.


Aunque el momento más afortunado de la mañana se da cuando localizamos una corona de rey en flor. Se trata de una curiosa planta que echa flor una sola vez en la vida. Cuando dicha flor se marchita, cae y deja como testigo mudo de su paso efímero por el mundo, una roseta basal de color verde muy característica.


Los motores se van calentando y en unas horas nos plantamos en la parte baja del embudo de Pineta.


Este lugar es tristemente conocido por ser un clásico punto negro de accidentes de montaña: en invierno los aludes se suceden por las vertiginosas laderas que en este punto toman las montañas oscenses, en verano los despistes han llevado a más de un montañero a despeñarse por alguno de los precipicios que caen al valle.
Tras un buen rato de larga ascensión podemos admirar el camino recorrido. Un serpenteante sendero que permite a los osados llegar al llamado Balcón de Pineta.


La recompensa es mayúscula. Allí nos espera el glaciar colgado de la cara norte del Monte Perdido, que se encuentra en triste y claro retroceso.


Tras un ligero tentempié en el Balcón, encaminamos nuestros pasos hacia nuestro destino de hoy: el lago de Marboré cuyas aguas de color turquesa reflejan la llamada Brecha de Tucarroya, donde se ubica el refugio de Tucarroya.


Tras deliverar un rato decidimos no subir al refugio y aprovechar la buena temperatura y las buenas perspectivas climatológicas para plantar la tienda en un mirador privilegiado frente al glaciar.


Una siesta, un paseo sin mochila por la tarde y pronto se hace la hora de cenar. Tras ello, las últimas fotos de la tarde no sin antes empezar a pensar en la subida que nos espera mañana hacia uno de los picos más altos del lugar: el Grand Astazou de 3071 metros de altura.


El sueño reparador acaba a las 6 de la mañana. Hace fresco, pero se está genial. El calor sofocante de la ciudad aquí no existe. Llevo puesto mi goretex en pleno mes de julio y no me sobra...sencillamente genial. Las primeras luces de la mañana doran los hielos del glaciar mientras nuestros pasos se encaminan hacia el oeste.


Un par de sarrios beben agua mientras observan atentos nuestras evoluciones. Al ver que vamos en su dirección trotan alegremente unos metros más abajo huyendo de nuesTras cámaras, pero no de nuestras miradas.
El paso es lento ya que de otra manera sería imposible admirar la belleza de este paisaje lunar.
Nuestro camino hacia el Astazou cruza varios neveros que dan pequeñas pinceladas blancas en el desierto de roca ocre y gris de estos parajes.
Un sinuoso camino por una canal nos situa en lo alto del collado de Swan juasto en la frontera con Francia. Los precipicios hacia el país galo son realmente impresionantes.
Dejamos las mochilas en un rellano y nos dirigimos decididos monte arriba. Las pequeñas trepadas se suceden mientras nuestros pasos van directos a la cresta cimera. Estamos a más de 3000 metros de altitud.


Un par de pasos delicados nos situan en nuestro objetivo. Hemos llegado a la cumbre.


De camino a las tiendas comemos algo, recogemos bártulos y nos despedimos del glaciar sabiendo que la próxima vez que lo veamos será un poco más viejo, un poco más pequeño... pero igualmente bello e imponente.

16 de juliol de 2006

Cotatuero: clavijas y agua

El domingo por la mañana, habiendo dormido en el refugio del camping de Bujaruelo, muy recomendable por cierto, nos encaminamos hacia el bus que nos iba a subir hasta la pradera de Ordesa. Un ratito de espera mientras las luces del alba tiñen de color el cielo y pronto estamos en marcha.
Subimos por el camino que lleva hacia el barranco de Cotatuero acompañados en todo momento por las aguas que descienden caudalosas desde lo alto de las montañas.

Allí nos esperan las clavijas, vamos equipados, así que no hay demasiados nervios.

El primer tramo de clavijas asciende por una chimenea sencilla y muy protegida.

Carmina posando para el libro.

El segundo tramo se inicia con clavijas y cable a modo de vía ferrata.

Una travesía sobre el abismo nos acerca a la tercera parte de las clavijas.

Carmina acercándose al final del segundo tramo. Bajo sus pies, el abismo.

Un descanso previo a esa tercera parte...

Un último trámite rodeando las murallas de Cotatuero para finalizar el tramo equipado.


Somos 12 los que allí nos hemos dado cita, y eso se nota en el momento de llegar a las clavijas donde se forma un poco de tapón. Las atravesamos sin más problemas y quedamos impresionados por la belleza de los prados alpinos que allí nos encontramos.
Un último vistazo a los rezagados.

Un penoso ascenso por una interminable pedrera nos permite llegar a la zona conocida como Esmoladera, un lapiaz que echa vista hacia los tresmiles de Ordesa, están todos: Gabietos, Taillón, Casco, Marboré, Cilindro, Perdido...



Nuestro camino se dirige en dirección contraria en busca del punto de entrada a la faja de las flores, un camino junto al abismo que nos lleva hacia los llanos de Salarons desde donde iniciaremos nuestro descenso hacia la pradera de Ordesa, no sin ser antes alcanzados por la tormenta que nos amenaza desde hace rato.


Pronto regresaremos de nuevo. Hay mucho trabajo por hacer todavía y muchos rincones que fotografiar...

15 de juliol de 2006

Una de tritones en Escuaín

El valle de Escuaín es el más escondido de los cuatro valles que conforman el Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido. Se trata de una garganta excavada en la montaña por las aguas del río Yaga, el cual aparece tras recorrer las entrañas de la tierra, en la surgencia que lleva su nombre.
En octubre de 2005 se produjo un impresionante derrumbe rocoso que cortó literalmente el camino que daba acceso a dicha surgencia partiendo desde el escondido pueblo de Escuaín. Las autoridades no han sido todavía capaces de arreglar los desperfectos que dicho derrumbe ha causado en el sendero de acceso a la catarata, bello salto de agua de unos 40 metros de altura que vierte sus aguas al cauce fluvial formando bellas pozas donde los tritones pirenaicos tienen sus dominios.



El pasado sábado nos acercamos a Escuaín para tratar de llegar lo más cerca posible de la surgencia del Yaga, imprescindible en el libro de fotografía del parque nacional que estamos confeccionando.


Partiendo de Escuaín sale un sendero que rápidamente desciende hacia los barrancos del río. Una cadena acondiciona el primer paso complicado, aunque no será el único.


El sendero baja rápidamente por el bosque perdiendo rápidamente altura. La roca húmeda y pulida hace de este camino una trampa para los que se atreven a descender por él, ya que un resbalón te llevaría directo a una caída de un par de cientos de metros, seguramente mortal.


Una vez atravesado el primer tramo de bosque alcanzamos una curiosa escalera de piedra tallada en la roca (muy similar a la Escalera Sinuosa que da paso a la guarida de Ella la Araña en la historia del Señor de los Anillos).


Una vez arriba, un paso natural en la roca nos permite el paso a las zonas afectadas por el derrumbe.


Una escalera de madera nos permite bajar hasta la zona afectada por el desprendimiento.


El sendero ha sido barrido. Toneladas de rocas y escombros descansan en silencio a la orilla del río. Los árboles caídos y la tierra suelta dificultan enormemente la progresión por la ladera de la montaña. Son unos doscientos metros en horizontal que echan atrás a muchos de los que hasta aquí se han atrevido a aventurarse.


Un claro en los árboles nos permite adivinar por donde continua el camino. La recompensa nos espera al otro lado de la zona afectada por el derrumbe. Un oasis en medio del caos: una catarata que lanza sus aguas con fuerza sobre las rocas del cauce: la surgencia del Yaga.


Un sinfín de pozas de aguas color turquesa. Líquenes sobre las rocas húmedas. Miles de hojas en el fondo de las pozas más tranquilas y escondido bajo las hojas el dueño y señor del oasis: el tritón pirenaico. Reptil de frágil apariencia que nos concede una sesión fotográfica exclusiva...


¿Sabrá que está a punto de ser inmortalizado para las generaciones futuras?.

9 de juliol de 2006

Via ferrata de Les Baumes Corcades II

El domingo 9 de julio, tras pasar la noche en un camping de Taradell, nos fuimos junto con unos amigos a los pies de la vía ferrata de Les Baumes Corcades en el pueblo de Centelles. Allí nos juntamos gente de Navarra (Gabi e Isabel), de Reus (Joana y Lluís), de Artés (Pep y Pep) y de Barcelona (Carmina y yo).
Un corto paseo por el bosque nos situa a pie de vía. Organizamos el orden de progresión y empezamos a subir por la pared.


Una vez superado el primer largo nos encontramos con una canal que asciende vertical hasta un techo donde debemos cambiar de pared.


Una vez superado el flanqueo posterior al techo alcanzado, nos plantamos en la entrada del puente tibetano de unos 35 metros de largo que se sigue moviendo como hace un par de meses. Cuando llego allí ya han pasado Pep y Pep. Isabel camina despacico por la sirga metálica mientras Gabriel la anima diciéndole que ya le queda poco (todavía no ha llegado a la mitad). Gritos de júbilo desde la otra pared indican que Isabel ha llegado. Es el turno de Gabi, quien nada más pisar el puente se suelta de una mano para echarle una foto a Joana que se ha quedado abajo echándonos fotos. Su progresión es buena.
Ha llegado mi turno. Piso la sirga metálica y en mi mente aparece la frase: ¿qué coño hago aquí otra vez?

La progresión la hago bastante rápido. Esta vez he colgado un tercer mosquetón del cable de vida, hecho que a medida que voy progresando me hace ver que con mi peso estoy tensando el cable y el movimiento es menor. No tardo mucho en atravesar el puente, pero mi sufrimiento no ha hecho más que empezar, ya que detrás mío va Carmina y no estaré tranquilo hasta tenerla junto a mí al otro lado del puente.
Su progresión por los cables es para quitarse el sombrero. Pasa bastante rápido y en ningún momento se la ve ni tensa ni nerviosa. Al final se permite incluso soltarse de una mano para salir en la foto...

El último en atravesar el puente es Lluís, que ha estado algo nervioso, pero que al final lo ha atravesado como un campeón.


Una vez volvemos a la seguridad de la pared, un flanqueo por la montaña nos situa en la parte inferior de un extraplomo donde Gabi monta un ascensor para ayudar a Joana a subir, ya que lleva los músculos de los brazos bastante cargados.
Una vez arriba, desayuno y encuentro con Carles que nos ha venido a recoger.


Todavía nos falta el tercer tramo de la ferrata caracterizado por una escalera que supera un extraplomo bastante considerable. Es allí donde el grupo se acaba de romper, ya que Isabel sufre un pequeño vuelo a dos metros del suelo y se lastima un dedo (nada grave), Joana decide acompañarla hasta la cumbre por el camino alternativo a la ferrata. Los demás seguimos hacia arriba por los hierros y esta vez no hay necesidad de montar ningún ascensor donde sí lo montamos hace un par de meses. Era un reto personal y lo he superado. Detrás de mí: Carmina, Gabi y Lluís completan el grupo. Pep y Pep ya habían subido antes que nadie.



En la cumbre nos esperaba Carles que había aprovechado el rato que tardamos en hacer el tercer tramo para ir a buscar unas cervezas fresquitas para celebrar nuestra llegada a cumbre.