31 d’octubre de 2011

TURÓ DE COLLFORMIC CON 16 MESES

Hoy ha sido un día importante: Irene ha coronado su primera cumbre sin ayuda de porteadores, es decir, ha subido SOLA Y SIN AYUDA los casi 150 metros de desnivel que separaban el punto de inicio de la cima de la montaña escogida: el Turó de Collformic. La verdad es que ha sido algo bastante improvisado, ya que los planes los variamos a última hora tras visitar el blog de Marc y ver el colorido otoñal presente en el Montseny. Gracias a su celeridad para publicar una ruta de ayer mismo, nos ha permitido conocer el estado de la montaña de primera mano sin tener que hacer cábalas y conjeturas.

Llegamos a Collformic sobre las 10 de la mañana y los aparcamientos principales ya están abarrotados de gente que se lanza a subir el Matagalls desde su punto más asequible. Nosotros aparcamos el coche en una rincón de la carretera a unos 200 metros del restaurante dirección Sant Celoni. Allí nos organizamos y dejamos que Irene se despierte de su siestecilla matinal. Nada mejor para despertarla que un rebaño de ovejas; y qué mejor excusa para animarla, que la idea de poder encontrar ovejas o vacas un poco más arriba en el Plà de la Calma.

Hechas las coletas, cargamos con ella en brazos en la carretera y nos acercamos al punto final del asfalto.

Collformic, a 1145 metros, supone el punto de inicio de nuestra/su excursión.

Pronto vemos que la elección es correcta. La gran mayoría de gente sube hacia el Matagalls en dirección contraria y sólo un par de grupos de gente mayor y un par de parejas con críos suben por la pista hacia el Plà de la Calma. Nuestra intención es hacer un itinerario circular y, puesto que nos queda más cerca la pista que el bosque decidimos subir por aquí y descender por el otro lado.

Los primeros compases de la ruta, Irene se coge de la mano de Carmina para tantear el terreno.

Pero pronto hará volar sus alas y comenzará su andadura en solitario por las laderas de Collformic.

Ha venido con ganas de comerse el mundo.

Foto con Papi.

Foto con Mami.

Y a correr, que ya tengo mapa y me oriento perfectamente. ¡Seguidme!

En ocasiones interesaba más abrir nuevas vías, ya que la monotonía de la pista le/nos resultaba un tanto pesada.

Mis princesas.

El manto otoñal se hace de rogar. Hay detalles de distintos colores pintando zonas concretas de las montañas, pero sin llegar a ser la explosión de color que esperábamos encontrar. Sabíamos que la orientación mejor para los colores que buscamos la encontraríamos en la segunda parte de la ruta, ya de bajada. Las chicas con el Cucurull de fondo.

Una vez llegamos al Plà de l'Ase Mort, dejamos la pista y hacemos una parada de aviatuallamiento infantil.

Me alejo un poco para echar un vistazo a la ruta que vamos a encarar. Me resulta sencillo adivinarla, ya que dos personas están bajando en este momento. Vamos a encarar la ladera herbosa de frente por un senderillo muy entretenido que serpentea entre matorrales y rocas hasta la cima.

Lo primero que hace Irene antes de proseguir, es hacerse con una bastón para ayudarse en los puntos complicados. EL primero de los escogidos es demasiado endeble y pronto es abandonado.

El segundo es ideal, de su medida y bien pulido. Tan bien ha ido, que ha hecho cumbre con él y se lo ha traído a casa de recuerdo.

El sendero es más complicado de lo que parecía en un principio. Nada que ver con la comodidad de la pista. Piedra suelta, barro y grava dificultan la progresión, pero Irene se defiende dando un buen uso de sus botas de siete leguas.

Los primeros metros del sendero, los más incómodos para ella, ya que los matorrales la cubren por completo y tiene que improvisar cómo apartarlos de su cara. Después la frondosidad disminuía y quedaba más a la altura de los papis mientras que ella pasaba por debajo sin más dificultad.

Aprendida la técnica, es fácil apartar las ramas con el bastón.

Mami, orgullosa de su pequeña, espera a Irene, que progresa animada por el sendero, el cual esperábamos que estuviera menos marcado. Sólo se echaba en falta alguna marca al inicio del mismo para poderlo localizar sin andar buscándolo. Nosotros hemos tenido la suerte de cruzarnos con gente justo a la entrada del mismo, por lo que no ha hecho falta adivinar nada.

Superada la parte de la maleza, empieza un tramo más empinado por las laderas del Turó de Collformic. Empezamos a pisar alguna que otra roca.

Foto familiar a media ladera.

Finalmente alcanzamos la zona del Faig de la Bandera, una estupenda haya enorme que conserva bastantes hojas de colores.

El cómodo sendero de esta zona lo aprovecha Irene para dejarnos el palo a los mayores y apretar a correr. Y no sabéis lo que cansa cambiar el ritmo sin aviso previo...

Una ayudita en unos contrafuertes rocosos nunca viene mal.

Por fin alcanzamos la parte alta de la montaña. La niebla está jugando con la cima.

Mis princesas (II).

Mami va delante e Irene me espera paciente indicándome por dónde seguir.

Finalmente me da la mano para ayudarme en mi ascensión. El terreno es incómodo y toda ayuda es bienvenida.

Un trago del camelbag antes de llegar arriba.

Por fin el otoño: verde, amarillo, naranja, rojo, marrón, ocre... Estamos en la parte alta de la montaña. Sólo queda seguir el sendero y coronar.

El bosque está espléndido, lástima del tiempo que no permite brillar los colores que éste presenta.

Otoño en las ramas.

Otoño en el suelo.

Y calabazas en la cima.

Felices en la cima del Turó de Collformic o Puig del Faig de la Bandera que con sus 1285 metros es la primera cima de Irene. Una cima que seguro repetiremos en más de una ocasión, quizás la próxima vez sea con nieve.

¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡Feliz Halloween!!!!!!!!!!!

Tras las fotos y el avituallamiento cimero, toca descender y decidimos que es hora de descansar un poco. Irene necesita un rato de mochila a la espalda de Carmina para poder deleitarse con el colorido y los papis necesitamos aumentar un poco el ritmo de la excursión para desentumecer los agarrotados músculos que acusan el ritmo infantil de la ascensión.
Nos adentramos en la espesura del bosque dejando atrás árboles blancos y secos y penetrando en la espesura otoñal.

Una imagen vale más que mil palabras y la cara de Irene lo dice todo.

Todo el bosque es una explosión de color. Hacía tiempo que no disfrutábamos tanto de una ruta otoñal.

Superado el tramo más frondoso del bosque, un pequeño claro nos acerca al final del sendero.

Merecido descanso de la campeona de casa.

A lo lejos ya vislumbramos entre la niebla el punto de descenso. Debemos seguir una pista forestal en el bosque que nos devolverá a Collformic en un ratillo que se nos hará corto.

Superada una improvisada barrera para el ganado, no adentramos en las nieblas otoñales de los hayedos de Collformic.

Amarillo en los árboles y marrón en el suelo.

Niebla juguetona en el camino.

Verdes, amarillos, naranjas y marrones. ¡Qué bonito es el otoño!.

Finalmente salimos de la solitaria y silenciosa ruta por el bosque y llegamos a Collformic, punto de inicio de la excursión. Un croquis de la ruta circular apta para los más pequeños de la casa y para quien tenga ganas de recorrer un sendero sencillo lejos del bullicio.

FELICITATS IRENE