2 de juny de 2012

FAITH WILL BE REWARDED: Bruce en Biarritz

Todo lo que sucede, aunque no lo entendamos, sucede por alguna razón. Algo mejor de lo que creíamos nos está esperando “.
Esas fueron las palabras que nos decía el viernes por la mañana nuestra amiga Joana tras comunicarnos que los planes que teníamos de pasar el fin de semana en su casa en Donosti se acababan de esfumar por causas de fuerza mayor que no vienen al caso.


Habíamos salido de Cardedeu (Barcelona) a las 4 de la madrugada para intentar hacer el máximo camino con nuestra hija Irene dormida en el coche y ahorrarle el mal rato de ir despierta. No iba a ser éste el viaje más largo que ha hecho, ya que más horas se tarda en llegar a Córdoba donde vive parte de la familia de Carmina, pero tampoco queríamos abusar de su paciencia.  Bruce me acompaña durante horas mientras conduzco de noche hacia el norte. Las chicas duermen.
El plan inicial era llegar a Euskadi el viernes al mediodía y turistear un poco por la costa. Sin destino concreto. Por la tarde noche nos recogeríamos en casa de Joana y Txema y pasaríamos con ellos el fin de semana. La noche del sábado Irene se quedaría en su casa y nosotros iríamos a Anoeta a disfrutar del concierto de Bruce mientras ellos se quedarían de canguros. El plan era perfecto, pero… a eso de las 9 de la mañana del viernes, a escasos kilómetros de llegar a Pamplona, recibimos la llamada de Joana anunciándonos que, en una palabra, nos quedábamos tirados a 700 kilómetros de casa, sin alojamiento, sin rumbo y con dos entradas para un concierto de rock y una niña de menos de dos años (los cumple el 18 de junio) sin canguro.
Intentamos infructuosamente encontrar alojamiento en Donosti y alrededores pero, lejos de desesperarnos, decidimos cruzar la frontera. Nos dirigimos a Biarritz siguiendo las indicaciones que daba el Diario Vasco acerca de la ubicación del hotel donde se iban a alojar Bruce y la E Street Band durante las jornadas previas al concierto en Donosti.

Eran las 13 horas cuando pasábamos por delante del Hotel Palais de Biarritz en primera línea de playa, un auténtico palacio inexpugnable a primera vista.


Conseguimos aparcar el coche en el laberinto de calles que huyen del centro de la villa. Comimos algo y cargamos la mochila con bebidas, bocadillos y demás que traíamos para pasar la jornada del viernes. En la mochila, la guitarra de Irene que habíamos cogido por si acaso nos decidíamos a hacerle una visita a Bruce en su casa, como bien le habíamos explicado a la pequeña. Comenzamos a caminar por las limpias calles hasta llegar al paseo marítimo.


Irene lucía orgullosa su camiseta nueva con el texto “Yo escucho a Bruce Springsteen como mi papi”.


De camino al Hotel Palais.


Sobre las 14 horas llegábamos a la puerta de acceso al hotel desde la playa. Una alta verja de metal nos corta el paso.


Decidimos plantar allí el campamento junto a un pequeño grupo de fotógrafos y reporteros que esperan la salida del Boss. Ante la falta de material, nos preguntan si no nos importa que nos hagan una entrevista que saldrá publicada en la web del diario vasco: http://www.diariovasco.com/20120531/mas-actualidad/cultura/bruce-mojar-201205311428.html



Las horas de espera se suceden bajo un sofocante sol de junio que combatimos a base de bebida, hielo y sombra, la poca que ofrece un chiringuito de helados cercano, y la compañía de un puñado de fans con quien mantenemos una animada conversación de varias horas.


Irene se lo pasa en grande correteando por un recinto seguro lejos de los coches y cercano a la playa persiguiendo pajarillos y dándoles de comer.


Durante ese tiempo, vemos pasar ante nosotros a la práctica totalidad de la banda que accede gustosa a charlar con nosotros y a firmar la guitarra de Irene, que en poco rato ve como su instrumento va coleccionando garabatos de grandes músicos como Nils Lofgren, Roy Bittan, Max Weinberg, Garry Tallent, Jake Clemons y Curtis King.


Únicamente el guitarrista Steve Van Zandt huye despavorido cuando le sorprendemos a su regreso de la playa. Fue gracioso, porque ninguno de los presentes le habíamos visto marchar a pesar de las horas que llevábamos allí y tampoco le vimos llegar al estar guarecidos del sol en la parte trasera del chiringuito. Sólo cuando ya nos había sobrepasado le vimos. Del susto casi se cae al suelo y se metió refunfuñando dentro del recinto vallado antes de darnos tiempo a acercarnos. Las risas duraron un buen rato.
A eso de las 18 horas, Bruce hace su aparición en escena. Ataviado con una camiseta negra y una gorra azul se acerca a la mesa que comparten los miembros de la banda. Un enorme vaso de batido de chocolate le acompaña. Intentamos captar su atención, pero en ningún momento hace ningún gesto hacia nosotros. Lo único que recibimos como respuesta son las malas caras de su guardaespaldas, un hombre con cara de pocos amigos que se toma muy en serio su papel.


Conseguimos que el guardaespaldas baje a hablar con nosotros e intentamos negociar un breve encuentro con Bruce, pero se niega en rotundo a pasar nuestras peticiones al Jefe alegando que éste es su día de descanso y que quizás mañana se haga fotos y firme autógrafos. No nos queda otra alternativa que resignarnos y esperar mejor suerte para mañana.


Al rato se levanta Bruce y se despide del resto de compañeros de mesa. Desde la calle vemos como se hace como mínimo un par de fotos con gente que está alojada en el hotel.


Seguimos la escena desde la verja exterior hasta llegar a la puerta principal del hotel, reservada para coches. El portero nos invita a entrar y no dudamos en hacerlo.


En menos de un minuto estamos en el hall del hotel. La escena es surrealista. Ni rastro de Bruce ni de su guardaespaldas, sólo gente ataviada con sus mejores galas preparándose para salir a la calle. Decidimos salir del lugar y nos quedamos en la puerta interior del hotel, allí donde los chóferes recogen a sus pasajeros.


No dudamos ni un momento que nuestra presencia allí no pasaría desapercibida y que no tardarían en echarnos a patadas de malas maneras (como es tan típico en los hoteles españoles), pero nuestra sorpresa fue mayúscula cuando el conserje se pone a charlar con nosotros y a contarnos anécdotas varias de la presencia de famosos en el hotel, además de obsequiarnos con una botella de agua fría. Es así como nos enteramos de que Bruce llegó la tarde antes al hotel y de que tenían todo el camino despejado desde la puerta hasta el ascensor. Entró rápido y en silencio y se refugió en su habitación, de más de 200 metros cuadrados y sólo ha salido para ir al gimnasio. También nos explicó que el personal del hotel tenía terminantemente prohibido dirigirse a él y tenían que hablar directamente con sus personas de confianza. Mientras esperábamos Garry Tallent se prestó amablemente a fotografiarse con nosotros.


Estuvimos un buen rato de charla con el conserje y no abandonamos el lugar hasta que vimos salir a los guardaespaldas de Bruce y comunicarle al chófer del Mercedes Benz de color negro que lleva a Bruce; que no necesitarían sus servicios hasta mañana sábado. El pobre llevaba allí más de seis horas con el coche preparado para salir, pero al final nada. Como nosotros.


Salimos del hotel resignados con Román, nuestro compañero de aventuras, que todavía dudaba si regresar por la mañana para intentar entregarle un ejemplar de su libro dedicado al Boss. Nos acercó en coche hasta donde nosotros teníamos aparcado el nuestro y nos despedimos. Gracias majo por el detalle.
Se presentaba ante nosotros el gran dilema: ¿Dónde pasar la noche? Era bastante tarde en el país galo como para ponerse a buscar a ciegas un lugar para dormir, así que echamos mano de la más pura improvisación y decidimos pernoctar en el coche. No era la primera vez que lo hacíamos, ya que nuestras aficiones deportivas en la montaña nos han llevado a pasar noches en lugares mucho más incómodos que un coche. Dimos un par de vueltas por las calles de la ciudad hasta que localizamos un aparcamiento junto a unos bloques de pisos que curiosamente estaba llenos de caravanas de gente lista para pernoctar. Algunos incluso estaban sentados alrededor de una mesa de camping cenando. El cansancio era evidente y las ganas de dormir también, así que tras una buena cena, nos dispusimos lo más cómodamente posible para pasar la noche. Irene no tardó demasiado en cerrar los ojos y durmió del tirón en el asiento de atrás hasta casi las 8 de la mañana del sábado. Carmina, incómoda por el creciente tamaño de su barriguita de 7 meses consiguió dormir a ratos. Mientras tanto, un servidor veía pasar las horas, las lluvias y los rayos enfrente de su cara incapaz de pegar ojo de tan nervioso como estaba ante los acontecimientos del día siguiente. A pesar del calor,  finalmente me dormí.
El domingo amanece gris, ventoso y frío. Lo primero que hacemos tras el desayuno y el acicale es dirigirnos al kiosko para comprobar si lo que nos dijeron los fotógrafos el día anterior era cierto. Efectivamente, lo era. En la página 52 del Diario Vasco en su edición impresa nos aparece Irene con su guitarra en una foto enorme de un cuarto de página en medio de un amplio reportaje acerca del concierto que en unas horas se celebrará en San Sebastián.


Caminamos tranquilos con la brisa de la mañana en dirección al hotel. La consigna es clara: vamos a tratar de entrar, como ayer, al hotel e intentar que no nos echen. La estrategia consiste en sentarnos en una de las terrazas exteriores y tomar algo.


Un café y una cocacola nos permiten estar más de tres horas allí sentados disfrutando de un merecido y cómodo descanso tras la nochecita vivida por el módico precio de 12 euros… ¡una y no más!.


Vemos salir a algunos miembros de la banda, pero preferimos no molestarles, ya que ayer ya estuvimos con ellos y habíamos conseguido sus autógrafos. El único, Curtis King, quien se paró a charlar conmigo al reconocerme. La tarde anterior habíamos estado más de 15 minutos charlando acerca de dónde veníamos e incluso se atrevió con algo de castellano. Un tipo enorme y muy simpático de quien Irene guarda un gran recuerdo. Después se fue a jugar a ping-pong con Nils.


A mediodía, la meteorología se iba torciendo cada vez más. Un fuerte viento azotaba el hotel y nos obligaba a acercarnos demasiado a la zona peligrosa. Cualquier acercamiento a la recepción del hotel podría comprometer nuestra estancia allí. Tuvimos suerte de conocer a Ana, su marido y su hijo que se alojaban en el hotel y nos hicieron un poco de escudo ante los ojos de los miembros del personal del Palais. Ellos fueron los afortunados que se habían fotografiado con Bruce la tarde anterior en la piscina.


La animada conversación reunió a todos los que, como nosotros, habían aprovechado para acercarse al interior del recinto, que a estas horas estaba ya blindado. Desde el interior se veía bastante gente rodeando las vallas del recinto hotelero sin poder traspasar las defensas. Allí conocimos a Rosana, Montse y Jordi con quienes más rato pasamos distrayendo a una más que traviesa Irene que hacía todo lo posible por llamar la atención de todo el mundo, desde recoger las piedras de las macetas y esparcirlas por el hall del hotel hasta recolectar mandarinas de los árboles de la entrada y entregárselas al personal del hotel. Decidimos finalmente sacarla de allí a pesar del viento que hacía fuera y comer algo. Allí estábamos los tres, en la terraza de un hotel de 5 estrellas comiendo pollo rebozado de un tupperware y unas zanahorias a mordiscos, con vistas al Cantábrico. Todo una victoria de los pobres en la casa de los ricos. En una palabra: surrealista.


Según chivatazo del conserje, a las 16 horas se pondría en marcha la maquinaria brucera, ya que a las 17 horas la policía autonómica vasca esperaba a la comitiva en la frontera. En Francia no habría escolta policial, parece ser que no lo hacen por nadie, y menos por un cantante.


Así que nos dirigimos hacia el interior del hotel. Había nervios por doquier y no tardamos en volver a estar entretenidos: Los que durante toda la mañana nos habían ignorado se encargaron de irnos echando uno a uno del hall ya que nuestra presencia no era permitida allí. Los guardaespaldas del Boss habían dado órdenes de desalojar el hall ante la inminente salida de Bruce hacia el concierto.


Estábamos fuera, allí donde pasamos la tarde anterior, frente a la puerta de los coches. La banda al completo espera sentada en los mismos peldaños de la escalera donde ayer jugaba Irene con las mandarinas de los árboles del jardín. 


La espera se hace cada vez más tensa. Los guardaespaldas nos sitúan lo suficientemente lejos de Bruce como para dejar espacio de huida, pero a la vez lo suficientemente cerca como para permitir un encuentro. ¿Qué sucederá?.


A las 16:30 h aparece él. Chaqueta negra acolchada, pantalones vaqueros, camiseta y pañuelo azul son su vestuario. En la mano un vaso enorme de batido de chocolate. 


Se detiene con el hijo de Ana cerca de la puerta giratoria y luego se saca unas fotos con ella. Los huéspedes del hotel tienen preferencia por lo que parece. Esperamos tener suerte.


Sigue su lento caminar y es Rosana la afortunada que se puede fotografiar con Bruce, incluso creo recordar un beso en la mejilla. 


Los instantes son eternos, todo parece ir a cámara lenta. Me intento acercar a él mientras sostengo a Irene en brazos, pero uno de los guardaespaldas me agarra por el cinturón impidiéndome avanzar. El momento parece no llegar nunca hasta que finalmente me liberan y el otro guardaespaldas se queda a mi espalda mientras me agarra la mano con la que pretendo rodearle. Bruce mira a Irene, se ríe y comenta algo similar a “Mira que camiseta viste la niña”, mientras se la recoloca como hacen los abuelos cuando vas a su casa de visita.


Nos rodea a cada uno con sus brazos y se sitúa en medio de los tres. Jordi, a quien desde aquí quiero volver a agradecer su disposición a hacer de fotógrafo, es el encargado de inmortalizar el momento. Tres imágenes en un instante. Un sueño cumplido, una descarga de adrenalina, una inyección de felicidad, un momentazo, un subidón a media tarde, una recarga de energía que dura un instante y perdura por siempre.


En un instante, Bruce se ha ido. Atino a coger la guitarra de Irene y trato de acercársela, pero los guardaespaldas han vuelto a cerrar filas entorno a su protegido. Hoy no hay firmas. El coche arranca y allí nos quedamos todos extasiados. Por fin nuestro momento ha llegado y en un instante ha pasado. ¡Hemos conseguido nuestro objetivo!. La sonrisa no nos la borran de la cara ni en un millón de años. Nos despedimos del personal de hotel que tan amables han sido durante el fin de semana; charlamos con un miembro de la troupe de Bruce mientras cargan las maletas para pedirle que le dé las gracias al guardaespaldas de Bruce por haber permitido el momento más feliz del día. Nos hemos dado cuenta de que a pesar de la gente que había, Bruce únicamente se ha fotografiado con las personas que llevábamos allí más tiempo y queremos creer que ha sido gracias a la mediación de este malhumorado personaje que también se escapó en silencio y a quien no me atreví a tocar por la espalda ni aun para darle las gracias.


Tras el subidón del momento, un paseo marítimo de Biarritz desierto se abre ante nuestros ojos. Vamos saltando de emoción y no paramos de repetirnos que lo hemos conseguido. Irene nos mira con una mezcla de felicidad y duda. Nos ve contentos pero no acaba de entender por qué Bruce no le ha enseñado sus botas, como tenía que haber hecho según el planning que llevábamos en su agenda infantil. Para ella, que conoce más a Bruce que a según qué miembros de la familia, haber conseguido una foto con él debe ser similar a hacerse una foto con sus primas, tu yaya o su abuelo; o sea, alguien que está presente constantemente en su vida. Comemos algo en un bar de Biarritz y nos ponemos en marcha hasta llegar al coche.


Todavía nos queda decidir qué hacer con el concierto, ya que recordemos que no tenemos plan para la pequeña.


Conduzco hasta Donosti y, una vez allí, aparcamos el coche en los aledaños de Anoeta. Son las 19 horas y el ambiente es impresionante.


No lo dudamos, nos vamos todos para adentro. 


Donde todavía el ambiente es seco, aunque no por mucho tiempo.




Encuentro fugaz con Javi, el único delos conocidos que podemos localizar. La cobertura de móvil falla en el interior del estadio. Una lástima no coincidir con Richi y el resto de conocidos que campan por Anoeta.


Tenemos entradas de pista, pero ninguna intención de acercarnos a las zonas de pit. Nos colocamos en un lateral de la pista en una parte alejada del escenario y allí esperamos pacientemente que la lluvia permita disfrutar del evento.


Todo se convierte en un juego para la pequeña, que ve como unas bolsas de plástico nos sirven de protección bajo la lluvia.


Irene lo observa todo alucinada, para ella ver a Bruce es conectar el dvd de casa y poner sus videos, pero esto de ver a tanta gente en un mismo recinto dando saltos la tiene descolocada. No sabemos cómo reaccionará ante la inminente salida del Boss a escena y si podremos mantenerla dentro del concierto con el volumen de los altavoces.


Todo un caballero, Bruce se acordó de mi reciente otitis. Gracias por preguntar. Je je je.


Con cierto retraso volvemos a ver aparecer a Bruce tras la espera, esta  vez sobre el escenario y con la guitarra en ristre. Los primeros acordes de Who’ll stop the rain de los CCR los paso abrazado a mi familia con el corazón en un puño y las lágrimas aflorando. La felicidad que me invade es inmensa.


Irene me mira, me señala el escenario y baila en mis brazos mientras bate sus palmas al son de la música.


El pequeño Iván se pasa el concierto dancing in the dark dentro de la barriga de Carmina ajeno al chaparrón que sufrimos los demás.


Las canciones, los bailes y las risas se suceden mientras la pequeña de casa asiste, sin haberlo planeado, a su primer concierto de rock.


El rock de su tío Bruce al que escucha desde hace mucho tiempo.


Ni el cansancio, ni la lluvia impiden que disfrutemos del momento.


Al final, Irene sucumbe al cansancio en la parte final de The River. Han sido 18 canciones del tirón. Se retira a su pit particular (el pecho de Carmina que le servirá para dormirse en medio del caos mientras el temporal azota Anoeta). Desde aquí agradecer a todos los que nos cedisteis hasta media docena de ponchos y lonas de plástico para proteger a Irene de la lluvia. Entre todos conseguimos que llegase seca y dormida al coche tras el concierto. Muchas gracias.


El resto del concierto lo disfrutamos de un modo más pausado y protegidos por las cúpulas de Anoeta tras el chaparrón en Hungry Heart.


Especial mención a Backstreets, para mí el mejor momento musical del concierto junto a la mítica Seven Nights to Rock que puso la guinda al pastel del Rock & Roll.


Al final, despedida emotiva al Big Man antes de regresar al coche para drive all night hasta casa donde llegamos a mediodía del domingo exhaustos pero inmensamente realizados tras varias paradas de descanso a lo largo de las muchas horas de viaje.


El futuro es incierto, el motor está en marcha y la carretera nos espera aunque no sabemos donde nos llevará, pero esa es otra historia y debe ser contada en otro momento.

PARA FINALIZAR UNAS CUANTAS FOTOS SACADAS DE INTERNET DONDE SE PUEDE COMPROBAR LA ENERGÍA DE BRUCE Y EL CHAPARRÓN QUE NOS CAYÓ ENCIMA.








Gracias a todos los que habéis contribuido con vuestras fotos a ilustrar este relato. nos vemos en la carretera.