8 de novembre de 2013

MOROU MULTICOLOR

Un otoño extraño este año. Se han mantenido altas temperaturas hasta noviembre, las hojas de los árboles no han cambiado demasiado organizadamente de color y tiene pinta de ser muy breve el tiempo en que los bosques se vestirán de gala.
Hoy hemos salido en busca del otoño. 
Nos hemos desplazado hasta la vertiente escondida del Montseny, la que no vemos desde casa y parece que hemos acertado bastante tanto en el día como en el estado del bosque.


En pocos metros la cosa cambia de ver los árboles pelados a la explosión de color del hayedo.


Impresionantes ejemplares de hayas al borde mismo de la carretera.


Los madroños maduros compiten en belleza y colorido con las hayas.


Nuestro objetivo es la zona de Santa Fe de Montseny, pero los nenes van dormidos en el coche y nos desplazamos unos kilómetros más adelante para ver el estado del monte.


El colorido otoñal se resiste a aparecer en algunas zonas, pero poco a poco los amarillos y ocres ganan terreno.


Las hayas pierden sus hojas en las zonas altas mientras la base de sus copas se mantiene verde. 
Un raro fenómeno.


Los bosques cercanos a les Agudes han pedido ya la hoja.


Aunque algún rinconcillo siempre se encuentra.


Sobretodo en las torrenteras que bajan directamente de la cima.


Seguimos adelante unos metros y podemos contemplar como las zonas bajas del bosque mantienen un buen tono. A pesar de ello, el Matagalls desde Sant Marçal se ve totalmente pasado.


Decidimos regresar por donde hemos venido antes de que se despierten los peques, que Iván empieza a dar muestras de despertarse en breve. Eso nos permite echar un ojo al Turó de L'Home desde las cercanías de la Font de Passavets, un bello rincón que no puedes perderte si no lo conoces.


Decidimos dejar el coche cerca de Can Casades y su centro de interpretación del parque que, hoy viernes, está plagado de chavales con sus profesores dando clase de orientación. Muy instructivo.


Irene se acaba de despertar y no tiene prisa por salir, así que dejamos a las chicas en el coche y nos vamos a explorar un poco la zona.


Censo de la arboleda cercana a Can Casades.


Recuento de hojas caídas el pasado otoño.


Prensado de las mismas hojas.


Carreras de fondo en los caminos acondicionados del centro de interpretación.


Comprobación del estado de los árboles.


Estudio del colorido otoñal presente en la zona.


Medición de la altura de las tres sequoias que existen en Can Casades. La más alta supera los 40 metros.


Así como comprobación del bienestar de la base.


Un rato después, decidimos ir a buscar a Carmina e Irene, que ya vienen a nuestra posición.


Estamos preparados para iniciar la ruta, señalizada en color naranja y que nos llevará por el Empedrat de Morou visitando sus bosques de castaños y hayas.


En el primer claro, vemos les Agudes.


Cruzamos un puente sobre el torrente que baja hacia el pantano y por donde llegaremos unas cuantas horas más tarde.


Irene, con ganas de mami en los primeros compases.


Llegamos a Can Lleonart. Rodeamos la finca por la izquierda y pasaremos por detrás alcanzando zona de castaños.


¡Mira papi, que hemos encontrado!


¡Castañas!
Están cerradas, cuidado con los pinchos.


Para conseguir el ansiado fruto, quizás nos tengamos que pinchar un poco.


Recogida de muestras para llevar al cole el lunes.


A ver a ver... que con mis manitas puedo coger la castaña sin pincharme.


El techo que nos cubre es de un colorido impresionante.


Durante un buen rato nos entretenemos en recoger castañas para llenar la bolsa del desayuno.


Ésta no ofrece dificultades.


¡Qué curioso, una hoja solitaria...!


¿Se quedará todo el invierno vigilando que no se vaya el árbol y poder regresar la temporada que viene a la misma rama?
Ja, ja, ja.


La explosión de color comienza a ser más evidente.


Papi, ¿me puedes partir este palo?


Árboles encendidos por su parte superior.


De la manita.


Espera Iván, que te ayudo.


Felicidad al verles tan contentos.


Todos con el otoño.


Trepando por los troncos.


Nos hemos entretenido mucho en esta primera parte de la ruta, así que agilizamos un poco durante un rato. Iván se lleva las manos a la cabeza al saber qué hora es.


De vez en cuando hay que mirar arriba para ver el color de la bóveda.


¿Cansados de caminar?, la mochila es una buena alternativa.


Mientras tanto, Iván sigue recogiendo castañas por doquier.


¡Patufet! ¿On ets?


Los castaños ceden el testigo a las hayas.


Curiosas cabañas de ramas en la zona del hayedo.


Magnífica cúpula multicolor.


¿Jugamos a que tú eres el lobo y yo soy el cerdito pequeño y me escondo?


¡Te pillé!


Ahora jugamos a que Iván y tú os escondéis y yo soy el lobo.
¿Alguien sabe dónde está Irene?.


Yo sí, yo sí.


¡Detrás de ese tronco!.


En este punto, el Plà de Mulladius, la pista principal se bifurca ofreciendo la posibilidad de realizar una variante que asciende al Turó de Morou.


Donde las hojas se han acumulado caprichosamente a un lado del sendero ofreciendo un mullido campo de juego.


Enterrados en la hojarasca.


Mira que formalitos los dos...


Vamos a tapar a Iván.


Corre, antes de que pueda sacarse las hojas de encima yo ya habré puesto kilómetros entre nosotros.


Nadando en las hojas.


Dejamos el juego y seguimos adelante por camino más pedregoso en que parece que vamos a tener que irnos despidiendo definitivamente del colorido otoñal.


O quizás todavía no.


Mini haya.


Llegando a lo alto del sendero pedregoso.


Encontramos un dragón que echa fuego por la boca mientras ruge desde lo más profundo de sus entrañas.


Foto familiar con el otoño en las copas y en el suelo.


En la parte alta, el colorido se vuelve a mostrar muy generoso.


Hayedo a más de 1200 metros.


Paseando por la parte alta del cordal.


Puesto que no hay vistas, me he encaramado a unas rocas y he podido situarnos correctamente.
Los objetivos están cerca.


Ejemplar de haya colorida.


Iván daba serias muestras de cansancio, así que me lo he cargado a la espalda.


Al minuto lo tenía dormido a pierna suelta.


Nos estamos acercando al Turó de Morou, pero antes encontraremos unas rocas, los Esqueis de Morou, que ofrecen unas buenas vistas alrededor.


Para alcanzar la cima hay que trepar un poco.
Yo sí puedo, mami.


La valiente de casa se ha quedado un poco frustrada y enfadada al ver que la trepada la superaba y que tenía que dejar para otro momento el buzón de cima.


En menos de un minuto me he encaramado a la cima para fotografiar las vistas.


Hacia la otra vertiente, pinceladas de otoño.


De regreso a la base me esperan las chicas.


Y nos sacamos la foto de cima a 1291 metros en los Esqueis de Morou.


Descendemos de la zona rocosa y nos encaminamos al siguiente objetivo del día, el Turó de Morou.


Al que llegamos tras caminar un rato bajo las hojas de color ocre.


Techo de la excursión: 1307 metros del Turó de Morou.


Sólo nos queda descender por la otra vertiente siguiendo los postes y pinturas naranjas.


El hayedo está en esta zona especialmente bello.


Y más con mis chicas en medio.


En este punto se cruza el camino que viene de la cima con el que viene del Plà de Mulladius.


De nuevo animada, Irene sigue recogiendo muestras de hojas.


Colores en el bosque.


Llegamos por fin al Empedrat de Morou, que no es más que una zona rocosa, llana y despejada con amplias vistas al cordal de las grandes cimas del Montseny.


Cambio de posición para poder ver mejor el terrenos que pisamos.


Regresamos a la pista principal que regresa a Santa Fe. Aquí el colorido, al estar más bajo el sol y haberse tapado el cielo, es más fácil de ver contrastando con el cielo plomizo.


Grandes y majestuosas hayas nos acompañan.


Alcanzamos el Pantà de Santa Fe, vacío por reformas.
Al fondo del pantano la edificación conocida como la Fabriqueta.


Panorámica con el traje otoñal del pantano.


Sólo nos queda rodear el lago y regresar al punto de inicio, pero todavía nos quedan sorpresas en forma de pequeños saltos de agua que vienen de la Riera de Santa Fe.


El río desciende por las rocas para llegar al pantano.


Poco caudal en época otoñal.


Dique improvisado con unas hojas y un palo.


La más bella de las cascadas adornada por el color del bosque.


Esta última cascada se encuentra a pocos metros del puente que cruzamos hace varias horas, es la zona de l'Estanyol.
Estamos llegando al final.


En Can Casades encontramos un croquis de la ruta de hoy marcada en naranja punteado.


Nos metemos en el coche más de cinco horas después de haber iniciado la excursión. La ruta se puede hacer en muchísimo menos tiempo, pero ¿qué sería una ruta infantil sin paradas para comer, sacar fotos, descansar, tirarse piedras, enterrarse en la hojas y, en definitiva, jugar? 


De regreso a casa, todavía con el coche comiendo asfalto en las carreteras del Montseny, hemos visto al sol despedirse por hoy. 
Mañana será otro día.

2 comentaris:

Ferran Arizcun Arizcun ha dit...

Preciós aquest reportatge, de debò!!!!

MARC ha dit...

Moltes gràcies, Ferran. Encantat que t'hagi agradat.
Salutacions