12 d’agost de 2014

BASTIA - CAP CORSE - COL DE LARONE

La noche, calurosa de nuevo y con mucho mosquito, toca a su fin. Las primeras luces de la mañana iluminan el cielo. Puesto que tendremos hambre, salgo a buscar unos croissants para desayunar mientras el resto de la comitiva familiar sigue mecida por los brazos de Morfeo.
Aprovecho que la ciudad duerme para pasear en solitario un rato fotografiando detalles.


Algunas nubes a primera hora de la mañana.


Napoleón ilumina mi camino con su linterna en la Plaza de San Nicolás.


El encanto de la decadencia.


La luna se mantiene en su posición mientras el sol remolonea en su lecho.


Son pasadas las 6:30 a.m. cuando el sol se despierta.


El puerto viejo de Bastia recibe los primeros rayos de sol.


Es hora de regresar al FP, no sin antes comprar el desayuno.


Tardamos un rato en ponernos en marcha, pero lo hacemos contentos de pisar la isla por fin.
En el puerto viejo con la iglesia de Saint Jean Baptiste, la más conocida estampa de Bastia.


Abuela corsa tomando la fresca en la ventana de su casa.


Cerca de la iglesia de Saint Jean Baptiste, en la Place du Marché, se encuentra esta curiosa estatua de la "niña de la trenza".


Parece beber del estanque bajo las torres de la iglesia.


Interior de la parroquia.


¿Curas futbolistas?


En la misma Place du Marché entramos a comprar algo en el colmado típico corso.


Repleto de productos autóctonos.


Hechas las compras, nos vamos a recoger el coche, no sin antes visitar la Plaza de San Nicolás.


Donde se yergue la figura de Napoleón.


Terminado el recorrido cultural del día, iniciamos la ruta por carretera del Cap Corse, que nos llevará a visitar zonas y pueblos bellísimos como Erbalunga, que bien merece una parada.


Pietracorbara.


Llegamos al punto más al norte de la isla y vamos a pasar un rato en la playa de Barcaggio, donde casi aseguramos el tiro de una de las más famosas curiosidades de la isla: el ganado en la misma playa.


Iván localiza rápido el chiringuito.


Heladito para refrescar el ambiente.


Iván con el suyo.


Plantamos la parada en la zona más alejada del bullicio que podemos, al menos del terrestre, porque los barcos llenan el horizonte llegando a tapar prácticamente la isla de Giraglia.


Posando en la playa con la Giraglia al fondo.


Para protegerse del sol, nada mejor que la crema con arena por encima. 
Se crea una película impenetrable...


 Habiéndonos bañado y jugado un rato con la arena, vamos a presentar nuestros respetos a las vacas y toros de la playa. 
Todo un espectáculo digno de ser contemplado.


Tras la visita de rigor, me sumerjo un rato en busca de flora/fauna submarina.


Pero sólo encuentro algas flotando. Demasiado barco, supongo.


Seguiremos un ratito más disfrutando de la arena.


Y del juego en el agua.


Pero antes de marchar, una medusa se encarga de dejar su picadura en mi pie y mi rodilla.
No me quejo, porque en ese momento estaba jugando con Iván en el agua y la medusa ni le tocó mientras descargaba en mi pierna su veneno.


Viendo que el ganado empieza a desfilar y con mucho por ver todavía, decidimos recoger el poblado y salir pitando hacia el sur.


Parada en el Col de la Serra, con el Molino Mattei al fondo.


La torres genovesas se reparten por todo el litoral.


En las zonas cercanas a la antigua mina de asbesto está prohibido el baño.


La carretera del Cap Corse es peligrosa, estrecha, sinuosa y nada protegida. 
Hay que extremar las precauciones.


Estamos llegando a Nonza, otro de los pueblos que merece una visita.


 Imposible parar dado el estado del tráfico a estas horas. 
Lo dejamos para la próxima visita a la isla.


Llegamos al final del Cap Corse acercándonos a la población de Saint Florent y de allí nos metemos hacia el interior. En las cercanías de Oletta, nos desviamos hacia el Lac de Padula, donde nos damos un buen y caliente baño de agua dulce para limpiar el salitre.


Un remanso de paz.


El agua está caliente y eso nos sorprende a la vez que se agradece.


Mientras nosotros nos dedicamos a organizar el coche, los peques se entretienen con un libro sacado de la biblioteca.


 Es hora de cenar. La tentación de quedarnos allí es grande, pero queremos hacer una última visita cultural antes de recogernos y queremos además aprovechar las primeras horas de la noche para, con los niños dormidos, hacer una larga tirada de km hacia el sur para acercarnos lo más posible a la ruta de mañana. Eso significa ganar un día al reloj y poder tener una jornada comodín (que más adelante veremos que la tuvimos que utilizar).


 Dejamos el Lac de Padula  cuando las últimas luces del día iluminan el cielo y nos marchamos más hacia el sur, hacia Murato.


Allí encontramos la iglesia de Saint Michele.


 Iluminada con focos ofrece un aspecto fantasmagórico.


Detalles de la puerta principal.


 Capiteles y torre.


 Adoquines de color verde que a la luz nocturna se tornan negros.


Parte trasera.


 Tiburón.


Allí damos por terminadas las visitas y los peques se duermen durante el largo trayecto que nos espera hasta llegar a las montañas de Bavella. Ponemos gasolina en un surtidor 24h (que escasean bastante en la isla) y nos adentramos desde Solenzara hacia el Col de Bavella. A mitad de camino, encontramos el aparcamiento de la Bocca di Larone. No hay nadie y, puesto que tardamos un rato en montar el tinglado nocturno y no queremos molestar a nadie en el parking situado algo más abajo del collado, nos instalamos allí mismo hasta mañana.


 Col de Larone, la nuit. 


Estamos solos. Nos espera la que de momento será la mejor noche en la isla con una temperatura muy agradable y sin mosquitos.


 Croquis de la ruta de hoy, larga pero bien planificada.